|
La deidad de Cristo
nos es importante porque esa doctrina forma parte del contenido
de la fe que salva. En romanos 10:9 Pablo resumió el mensaje que
él predicaba de la siguiente manera: Si
confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu
corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.
La palabra “señor” se usa en la Biblia de varias maneras:
como término de respeto, como sinónimo de “amo” o “dueño”, como
título de Dios y como traducción de Jehová.
Aquí, Jesús es el Señor
significa no solamente que él es nuestro amo y señor de nuestra
vida, sino también que es Dios. Esto lo sabemos porque Pablo
luego utiliza Señor de nuevo al
declarar que todo aquel que invocare el nombre del Señor será
salvo (v. 13). Esta vez cita Joel 2:32. Si comparamos los
dos textos notamos que donde Romanos 10:13 tiene el Señor,
Joel 2:32 tiene Jehová. Pablo, siguiendo la costumbre de
sus tiempos, traduce Jehová como Señor. De modo
que, confesar que Jesús es Jehová, Dios hecho hombre, es parte
de la fe que nos salva.
La
deidad de Cristo nos es importante porque solo Dios pudo ser un
sacrificio calificado y suficiente por nuestros pecados. Pablo
explica: Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo
pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él
(2 Co. 5:21). Para que pudiéramos ser hechos justos ante Dios,
era necesario que en lugar de cada uno de nosotros muriera un
ser humano totalmente justo. Pero no había ni un solo candidato
calificado, mucho menos uno por cada uno de nosotros. Para
llenar ese triste vacío, Dios se hizo humano y vivió así con
total justicia para calificar como sacrificio puro. Además, como
era Dios, su sacrificio pudo valer por todos los seres humanos.
Si Jesús no fuera Dios, quedaríamos todavía sin un sacrificio
calificado y suficiente por nuestros pecados.
La
deidad de Cristo nos es importante porque lo que él hizo siendo
Dios es nuestro paradigma ético. Cuando Pablo exhortaba a los
corintios a ofrendar con amor y generosidad para socorrer a
otros cristianos necesitados, les citó el ejemplo de Jesucristo,
el Dios que se sacrificó por nosotros: Porque ya conocéis la
gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se
hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza
fueseis enriquecidos (2 Co. 8:9). Cuando exhortaba a los
filipenses a convivir en amor y humildad, no mirando cada uno
por lo suyo propio, sino por lo de los otros, les citó el
ejemplo de Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, se
despojó a sí mismo, se hizo hombre, y se humilló a sí
mismo, haciéndose obediente hasta la muerte de cruz (Fil.
2:4-8). El ejemplo del Dios que vino no para ser servido,
sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos (Mr.
10:45) nos obliga a un cambio de paradigma: el que de
vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos (Mr.
10:44). Así que, de ahora en adelante no consideramos a nadie
según criterios meramente humanos (2 Co. 5:16 NVI).
La
deidad de Cristo es parte de lo que creemos para ser salvos.
Solo el Dios-hombre pudo ser un sacrificio calificado y
suficiente por nuestros pecados. El amor del Dios-hombre
concretizado en su humillación y sacrificio por nosotros nos
constriñe a darnos a nosotros mismos por otros. ¡Alabemos a Dios
por la venida de su Hijo, plenamente ser humano y plenamente
Jehová!
Gary Williams
|